Hay islas que se entienden desde la tumbona y hay islas que se entienden desde el volante. Corfú es de las segundas. No porque la playa no valga —vale, y mucho—, sino porque quedarse quieto en ella significa perderse la mitad de lo que la isla tiene para dar en verano.

Alquilar un coche en Corfú no es un capricho logístico, es la decisión que cambia el tipo de vacaciones. La red de carreteras es manejable, el interior está lleno de pueblos que no aparecen en ningún cartel de agencia de viajes y la costa norte y la costa sur son tan distintas entre sí que parecen de dos islas distintas. Todo eso solo se descubre moviéndose.
El norte y el sur no se parecen en nada
La costa norte, hacia Kassiopi o Acharavi, tiene playas largas de guijarro fino, aguas que van del verde al azul según la hora y una escala de pueblo que todavía funciona. Los chiringuitos no son de franquicia, los pulpos siguen colgados al sol y se puede comer bien sin pagar precios de resort. Es el Corfú que los griegos también eligen cuando se van de vacaciones, lo que ya dice bastante.
El sur es otra historia. Las calas de Kavos tienen fama propia —no siempre buena—, pero entre el caos del extremo más turístico y el norte tranquilo existe una franja intermedia que vale la pena explorar: Agios Georgios del sur, Marathias, la zona de Lefkimmi. Algunas de estas playas solo se alcanzan por pistas de tierra que el GPS desaconseja pero que merecen el intento. Hay que bajar despacio, aparcar donde se pueda y caminar un tramo. La recompensa suele ser una cala sin bares, sin socorrista y con el agua más limpia de la isla.
El interior existe y sorprende
Pocos viajeros suben al interior de Corfú. Es un error. Los pueblos de montaña como Sinarades, Pelekas o Lakones tienen una calma que contrasta con el litoral y una vista sobre el mar que no se encuentra desde abajo. En Pelekas, al atardecer, media isla se reúne en un mirador conocido como el trono del Kaiser —el nombre viene de una visita de Guillermo II a principios del siglo XX— para ver cómo cae el sol. Es uno de esos momentos que no están en el itinerario pero que acaban siendo el recuerdo más claro de las vacaciones.
La gastronomía del interior también cambia de registro. Las tabernas de estos pueblos sirven sofrito —ternera en salsa de ajo y vino blanco, plato típico corfiota— y pastitsada, una especie de estofado con pasta que refleja la influencia veneciana que tuvo la isla durante siglos. Son platos contundentes para el calor del verano, pero con una cerveza fría y a la sombra de una parra se llevan bien.
Moverse en bici también funciona, con matices
Corfú no es llana. El interior tiene repechos serios y el calor de julio y agosto no perdona. Pero hay tramos costeros —especialmente en el norte, entre Dassia y Acharavi— donde la bicicleta tiene sentido real. Varias empresas de alquiler ofrecen eléctricas, lo que amplía las opciones para quienes no quieren llegar sudados a todas partes. El paseo marítimo de la ciudad de Corfú también es cómodo en bici, especialmente a primera hora de la mañana o al caer la tarde.
La ciudad, al final del día
La capital merece al menos una tarde y una noche. El casco histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad, tiene una escala peatonal que invita a perderse sin mapa. Las callejuelas de la Campiello, el barrio veneciano, son estrechas, tienen ropa tendida entre ventanas y huelen a cocina. Al anochecer, las terrazas del Liston —el paseo porticado frente al Esplanade— se llenan de gente tomando café griego o un vaso de kumquat, el licor local hecho con una pequeña naranja china que se cultiva casi exclusivamente en la isla.
Corfú en verano da para mucho más que una semana de hamaca. Da para recorrerla, para perderse por sus pistas, para comer en sitios sin carta en inglés y para volver con la sensación de haber visto algo más que una playa bonita en el Mediterráneo.
