(dpa) – El sendero asciende empinado hacia el filo de la montaña. Que la reina noruega Sonia haya recorrido este camino varias veces no quiere decir que sea fácil. Sin embargo, cuando se llega bien arriba, la vista sobre el Océano Ártico compensa el esfuerzo.

El grupo de senderistas emprende la Dronningruta de 15 kilómetros de largo. Van a estar caminando durante ocho horas por el borde norte de la isla Langøya, que lleva a la montaña Finngamheia, de 448 metros de alto. Se trata del punto más alto de esta ruta rica en paisajes con acantilados, lagos de montaña, arroyos y zonas costeras pantanosas.

Las islas de Vesterålen están un poco a la sombra de las islas Lofoten, aunque al igual que sus famosas vecinas son un auténtico paraíso natural. “Las montañas de las Lofoten son empinadas, tienen pocas rutas para senderismo. En el Mar de Noruega tenemos los verdes Alpes”, dice Kjetil Paulsen, de 48 años, gerente de turismo de la comunidad de Sortland. Si bien las montañas son rocosas de un lado, del otro tienen una caída más suave.

Las Vesterålen son una muestra de todas las imágenes paisajísticas del norte de Noruega: acantilados, bosques de abedules, campos de pastoreo verdes cubiertos de ovejas y vacas, pantanos y lagunas.

La mayoría de los viajeros llega al archipiélago Vesterålen con sus islas principales, Andøya, Langøya y Hadseløya, para practicar senderismo y ver ballenas. A pesar del boom del turismo para senderistas, quienes viajen en la temporada fuerte que va de junio a principios de agosto no deben temer a las grandes masas de turistas.

El museo Hurtigruten en Stokmarknes está abierto todo el año. La localidad costera en Hadseløya es considerada el lugar en el que se fundó el legendario transporte en barco que comenzó a operar el 2 de julio de 1893 la ruta regular a lo largo de la costa entre Trondheim y Hammerfest con el barco a vapor “Vesteraalen”. El museo permite viajar al pasado de esta “línea rápida” (Hurtigruten).

Desde 1936, los barcos de Hurtigruten viajan diariamente entre Bergen y Kirkenes. En su recorrido tocan 34 puertos. En Vesterålen son Stokmarknes, Sortland y Risøyhamn. Durante el invierno, los barcos proveen a las localidades costeras más apartadas cuando las rutas por las montañas están intransitables por la nieve y el hielo.

También llegan a Andenes, en el archipiélago de Vesterålen, viajeros de todo el mundo para ver ballenas. “Le garantizamos 100 por ciento que durante nuestro tour en bote con nosotros podrá ver ballenas”, promete una publicidad. ¿Será cierto? “Claro, sabemos muy bien dónde están las ballenas”, dice Geir Maan, de 66 años. Este lobo de mar es dueño y capitán del barco a motor “Reine”.

Desde 1992 ya hizo miles de tours por el mar y vio, en sus palabras, decenas de miles de ballenas. Desde cachalotes de 70 toneladas entre junio y agosto hasta algunos delfines cada tanto. En el invierno son ballenas jorobadas y orcas que persiguen a las masas de arenques. El tour, que puede ser algo movedizo, dura entre dos y cuatro horas dependiendo del viento y el clima en el mar abierto o en el más calmo estrecho marítimo de Andfjord entre las islas de Andøya y Senja.

En el pueblito de Blokken, de unos 80 habitantes, en la localidad de Sortland, se encuentra la granja de salmón de las Vesterålen. Se trata de uno de los pocos espacios de acuicultura de Noruega en el que los visitantes pueden ser testigos de la producción industrial de pescado desde cerca. “Catorce millones de personas comen diariamente salmón de Noruega”, dice el guía, Sverre B. Birkeland, de 28 años. “Criamos aquí unos 300.000 salmones”.

Ssemjon Gerlitz, de 46 años, aún recuerda bien el día en el que llegó por la estrecha autopista llena de curvas a Nyksund. Era diciembre de 1997. “Nyksund no era nada”. En los años 70, los pescadores abandonaron su hogar en el noroeste de Langøya. Las familias se mudaron a Myre, a 20 kilómetros. El destino de Nyksund, que en los viejos tiempos era considerado uno de los pueblos pesqueros más ricos y grandes en las Vesterålen, parecía sellado.

Sólo había luz en una casa medio derruida: Karl Heinz Nickel, un compatriota alemán, vivía ahí modestamente. Juntos, los dos alemanes pusieron manos a la obra para levantar el pueblo. Trabajaron más de dos años, pusieron tuberías de agua fresca y desagüe. Amigos y conocidos empezaron a viajar allí para pasar las vacaciones. Heinz Nickel murió en un trágico accidente cuando hacían estos trabajos.

De a poco, los noruegos fueron regresando a Nyksund, que ahora ya no es ningún tip secreto. Junto a un restaurante y la pensión de Gerlitz hay una casa de huéspedes de otros dos inmigrates alemanes, una pequeña capilla, un par de tiendas, tres galerías y un bar.

También los pasajeros de los cruceros pasan algunas horas en la pequeña Nyksund. Llegan en bus desde Sortland, donde atracan una vez al mes barcos más grandes con un máximo son 3.500 pasajeros.

Por Bernd F. Meier (dpa)