Miles de alemanes orientales alcanzaron la libertad vía Praga en 1989

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Vista exterior del Palacio Lobkowicz, sede de la Embajada de Alemania en la República Checa. Miles de ciudadanos de la antigua República Democrática Alemana buscaron refugio en esta embajada en agosto de 1989. Foto: Gregor Fischer/dpa

Berlín/Praga (dpa) – El barroco Palacio Lobkowicz de Praga se encuentra en un barrio tranquilo con calles estrechas y poco concurridas. El suntuoso edificio se erige dentro del complejo del Castillo de Praga y es sede de la Embajada de Alemania en la República Checa.

Hace 30 años, esta joya arquitectónica fue escenario de una extraordinaria historia. En septiembre de 1989, miles de ciudadanos de la República Democrática de Alemania (RDA) huyeron de su país y se refugiaron en la Embajada de la República Federal de Alemania (RFA) trepando por la verja que rodeaba el gran jardín.

Sus Trabant y Wartburg (coches fabricados y utilizados en Alemania Oriental) quedaron abandonados en las calles de Praga.

Este éxodo es uno de los varios acontecimientos que conducirían a la caída del Muro de Berlín en 1989 y a la apertura de la frontera interalemana, que había estado estrictamente vigilada durante décadas.

En unos pocos días, la antigua y aristocrática residencia se transformó, por dentro y por fuera, en un campamento. Las fuertes lluvias del otoño boreal habían convertido el jardín, donde estaban instaladas las tiendas proporcionadas por la Cruz Roja, en una especie de pantano.

Peter-Christian Bürger fue testigo de estos dramáticos sucesos. Este alemán de 63 años, oriundo de Karl-Marx-Stadt, desde 1990 Chemnitz, pasó más de tres meses en la atiborrada sede diplomática.

De profesión cocinero, había presentado en la extinta República Democrática Alemana (RDA) dos solicitudes de emigración que le habían sido denegadas.

A principios de 1986 había planeado una fuga que, sin embargo, fracasó debido a la traición de un amigo. Bürger pasó varios meses en prisión.

Un día a finales de mayo de 1989, al ver reportajes televisivos sobre compatriotas que habían huido hacia Praga, decidió volver a intentarlo. «Me propuse hacer hasta lo imposible por entrar en esa embajada», recuerda Bürger.

En la noche del 21 de junio, solo y sin papeles, logró cruzar la frontera verde que forman los montes Metálicos hacia lo que entonces era Checoslovaquia.

Al igual que la República Democrática Alemana (RDA), el país formaba parte del llamado bloque socialista oriental después de la Segunda Guerra Mundial.

En la puerta de la embajada, Peter-Christian Bürger pidió ser admitido y logró entrar. Sus esperanzas de solicitar asilo no tardaron en desvanecerse. Pero: «Nuestra suerte fue que la República Federal de Alemania (RFA) no reconocía a la República Democrática Alemana (RDA) y nos consideraban alemanes».

A su llegada, Bürger se encontró con 40 refugiados de Alemania Oriental. Las primeras semanas fueron tranquilas, hasta que a mediados de agosto comenzó a llegar la gran avalancha de personas.

El entonces embajador alemán en Praga, Hermann Huber, interrumpió sus vacaciones en Suiza. Los refugiados llegaban de a docenas todos los días; el jardín se asemejaba a un campo de damnificados.

Debido a que la vida cotidiana necesitaba orden, se designó una «dirección de campamentos», con Bürger como jefe y vínculo con el personal de la embajada.

Un autobús de la sede diplomática pronto comenzó a traer comida, aparatos de gimnasia y juguetes de la ciudad bávara de Furth im Wald, situada en la frontera entre Checoslovaquia y Alemania Occidental.

El ánimo de los refugiados era cambiante. «Teníamos miedo de que todo saliera mal», recuerda Bürger. «El personal de la embajada tuvo que intervenir varias veces para que no cometiéramos locuras».

No faltaron aquéllos que amenazaron con huelgas de hambre para poder irse inmediatamente a Occidente. «Lo bueno es que todos tenían el mismo objetivo. Sabíamos que teníamos que permanecer juntos. Eso era lo más importante», dice Bürger.

En la segunda quincena de septiembre, el número de refugiados aumentó drásticamente. El día 26, el embajador Huber informó a su Ministerio de Asuntos Exteriores que en las instalaciones de la embajada se encontraban unos 1.600 ciudadanos de la República Democrática Alemana (RDA).

En el Palacio Lobkowicz había literas hasta en las escaleras. Para dormir se habían establecido turnos de ocho horas. A finales de mes, la cifra total de refugiados se estimaba en alrededor de 4.000.

El 30 de septiembre amaneció como un día cualquiera. A Peter-Christian Bürger le habían comunicado la visita de Hans-Dietrich Genscher, en aquel entonces ministro de Asuntos Exteriores de la República Federal Alemana (RFA), pero aun así no sospechaba que acababa de comenzar un día histórico.

Cuando el político del Partido Liberal alemán (FDP) anunció, desde el balcón de la embajada, la salida del primer convoy de refugiados rumbo a Alemania Occidental, sus famosas palabras quedaron interrumpidas por el júbilo de quienes habían huido de la Alemania comunista.

Por la noche, seis trenes salieron de Praga con rumbo al oeste. Bürger iba sentado en el último viendo pasar las estaciones desiertas, una de ellas la de su ciudad natal.

Una vez en Alemania Occidental, Bürger vivió inicialmente en Baviera, luego en el norte de Italia y España, antes de regresar a su ciudad natal en 2009.

Hungría ya había anunciado el 10 de septiembre que todos los ciudadanos de la RDA podían salir libremente del país. También en la embajada alemana de Varsovia se habían refugiado, en el transcurso de tres meses, unos 6.000 alemanes orientales que querían marcharse a Occidente.

Sin embargo, los acontecimientos de Praga han dejado huellas históricas más profundas. El 28 de septiembre, la embajada conmemorará los grandes momentos vividos en la metrópoli moldava con una «Fiesta de la Libertad», a la que asistirán unos 300 antiguos refugiados y sus familiares.

Con motivo de los festejos se ha organizado, entre otros, un desfile de «Trabis» que terminará en Praga.

Peter-Christian Bürger es uno de los testigos de la época invitado a la celebración a finales de septiembre.

Este jubilado de 63 años, comprometido con la historia y la sociedad actual, participa en el Centro de Derechos Humanos de la ciudad alemana de Cottbus, viaja regularmente a Irak y realiza suministros de ayuda a un campo de refugiados cerca de la ciudad de Mosul.

Los intensos debates sobre los refugiados en Alemania lo llevaron a pensar en su propio destino: «Llegaron personas de regiones en guerra, algunas de las cuales experimentaron cosas mucho peores que nosotros en aquel entonces. Lo que buscan es una vida en paz y con perspectivas».

Por Stefan Heinemeyer, Michael Heitmann y Gregor Mayer (dpa)