Los hombres mayores de 60 años tienen más arraigado que las mujeres el hábito de añadir sal extra a los alimentos una vez cocinados, según revela un nuevo estudio.

Esa la conclusión de un estudio realizado por científicos brasileños y publicado este jueves en la revista ‘Frontiers in Public Health’.
La sal se ha utilizado como condimento y conservante de alimentos durante miles de años, pero su consumo excesivo puede provocar diversas enfermedades, como hipertensión, enfermedades cardiovasculares y renales. Además, se sabe que el consumo excesivo de sal acelera el deterioro cognitivo.
Para evitar un mayor riesgo de desarrollar estas enfermedades debido al consumo excesivo de sal, la OMS (Organización Mundial de la Salud) recomienda que los adultos no consuman más de cinco gramos de sal al día.
La sal que se añade a los alimentos después de su preparación representa entre u 6% y un 20% de la ingesta salina total.
Se sabe que este comportamiento varía entre los distintos grupos sociodemográficos, pero en diferentes contextos culturales y sociales no siempre está claro quién es más propenso a usar el salero. Científicos brasileños se propusieron averiguar quiénes, entre los adultos mayores, son más propensos a hacerlo.
“Añadir sal a la comida en la mesa sigue siendo un hábito relativamente común entre los adultos mayores brasileños y se da con más frecuencia entre los hombres que entre las mujeres”, apunta Flávia Brito, profesora asociada de la Universidad Estatal de Río de Janeiro.
Débora Santos, catedrática titular de la Universidad Estatal de Río de Janeiro, añade: “El comportamiento de las mujeres a la hora de añadir sal se asoció con una gama más amplia de características sociales y dietéticas que el de los hombres”.
ENCUESTAS
El estudio utilizó datos de encuestas de 2016 y 2017 de más de 8.300 adultos brasileños de 60 años o más. Los participantes recordaron sus elecciones alimentarias de las 24 horas previas y se les preguntó si tenían o no el hábito de añadir sal extra a la comida.
Las variables independientes que los investigadores incluyeron en su análisis fueron el sexo, los grupos de edad mayores de 60 años, los años de educación, si vivían solos o acompañados, los ingresos familiares, la zona de residencia y si los participantes incluían alimentos ultraprocesados, frutas y verduras en su dieta.
Los resultados mostraron que un 12,7% de los hombres y un 9,4% de las mujeres añadían sal a sus comidas. Se identificaron diferentes factores sociodemográficos que influyen en el consumo salino en la mesa, independientemente del sexo.
“Entre los hombres, pocas variables se asociaron con el hábito de añadir sal, lo que sugiere que su comportamiento puede estar menos directamente relacionado con patrones dietéticos específicos”, señala Brito.
Esta autora subraya: “El comportamiento de las mujeres a la hora de añadir sal parecía estar más estrechamente relacionado con patrones dietéticos más amplios y características contextuales”.
Entre los hombres, solo dos factores se asociaron con el consumo de sal adicional: quienes seguían una dieta especial para la hipertensión arterial tenían menos de la mitad de probabilidades de hacerlo que quienes no hacían ninguna dieta de este tipo y los hombres que vivían solos tenían un 62% más de probabilidades de consumir sal adicional que quienes vivían con otras personas.
Las mujeres tenían un 68% más de probabilidades de consumir sal adicional si no seguían una dieta para controlar la hipertensión arterial. Si vivían en zonas urbanas o consumían con frecuencia alimentos ultraprocesados, las probabilidades se duplicaban.
Sin embargo, para las mujeres que consumían frutas o verduras con regularidad, la probabilidad era un 81 % o un 40 % menor, respectivamente. Esto podría deberse a que este grupo presta más atención a la calidad de la dieta, incluyendo la reducción del consumo de sal.
HÁBITOS SALADOS
Añadir sal extra puede deberse tanto al gusto como a la costumbre. El consumo frecuente de alimentos con alto contenido de sodio puede reducir la sensibilidad a los sabores salados, lo que puede llevar a que las personas prefieran un sabor más intenso.
Sin embargo, añadir sal extra puede ser más una cuestión de costumbre que de mejorar el sabor. Para reducir el consumo general de sal, es necesario poner en marcha medidas para disminuir el contenido de sodio en los alimentos industrializados y ultraprocesados.
Además de las medidas relacionadas con la producción de alimentos, en particular los alimentos procesados, también existen medidas que cada persona puede tomar individualmente.
Dadas las diferencias en el comportamiento de hombres y mujeres con respecto al consumo de sal, los investigadores señalan que las campañas destinadas a reducir el uso adicional de sal deberían adaptarse a los diferentes grupos de población, incluyendo el género y las características del estilo de vida.
“El uso de hierbas y condimentos naturales como alternativas a la sal, o técnicas culinarias como el uso de la acidez de los cítricos, pueden ayudar a reducir el consumo discrecional de sal sin comprometer el sabor de los alimentos”, apunta Santos, quien concluye: “Estrategias prácticas, como evitar colocar los saleros en la mesa de forma rutinaria, también pueden contribuir a reducir el consumo habitual de sal”.
