Jugar más tiempo con el perro mejora el vínculo emocional, pero el entrenamiento no arroja los mismos resultados. Esa es la conclusión de un estudio liderado por la Universidad de Linköping (Suecia) y publicado en la revista ‘Royal Society Open Science’.

La función del juego no se comprende del todo en la investigación, especialmente en perros que siguen jugando incluso en la edad adulta. El nuevo estudio analiza si existe una conexión directa entre el juego y un vínculo emocional más fuerte entre el perro y su tutor humano.
“Hoy en día, muchos perros cambian de hogar a mitad de su vida. Con los perros rescatados, no se tiene la ventaja de crecer con ellos. Esto significa que se pierde la llamada ventana de socialización temprana, que es importante para la construcción de la relación. Y entonces el juego puede ser una muy buena manera de construir una nueva y buena relación incluso con perros adultos”, apunta Lina Roth, profesora asociada sénior de etología en la Universidad de Linköping.
Para determinar si existe alguna relación, se pidió a responsables de perros que respondieran un cuestionario exhaustivo sobre cómo viven su relación con ellos. Algunos ejemplos de preguntas eran: ¿Con qué frecuencia lleva a su perro cuando visita a otras personas? ¿Con qué frecuencia siente que tener un perro le causa más problemas de los que vale la pena? ¿Con qué frecuencia le cuenta a su perro cosas que no le cuenta a nadie más?
Las parejas de humano y perro se dividieron en tres grupos: uno que debía jugar más de lo habitual, otro que debía entrenar más de lo habitual con recompensas en forma de golosinas, y un grupo de control que continuaría como antes. Posteriormente, los tutores tuvieron que responder de nuevo al mismo cuestionario.
“El grupo de juego mejoró su vínculo emocional con el perro en tan solo cuatro semanas con unos minutos extra de juego al día”, afirma Roth.
Los resultados mostraron una relación causal estadísticamente significativa: el vínculo emocional con el perro mejora al aumentar el tiempo de juego. Sin embargo, los otros dos grupos no mostraron ninguna mejora con respecto a la situación inicial. El grupo que participó en el entrenamiento tampoco experimentó ninguna mejora.
A los distintos grupos se les dieron instrucciones claras sobre cómo debían jugar y entrenar. De esta forma, los investigadores pudieron asegurarse de que los tutores jugaran realmente con sus perros. Según Lina Roth, lo más importante es encontrar un juego que le guste al perro y que haga que el tiempo de juego juntos sea agradable.
“No basta con lanzar una pelota. Como buscábamos la interacción social entre el perro y el humano, los juegos que propusimos en el estudio fueron, por ejemplo, tirar de la cuerda, jugar a las luchas, perseguirse, el escondite, el cucú o simplemente jugar un poco con el perro con los dedos. No hace falta dedicarle mucho tiempo; lo importante es prestar atención al comportamiento del perro. Unos minutos de vez en cuando parecen marcar una gran diferencia”, concluye Roth.
