Se acerca el Carnaval 2026 y, con él, la pregunta de siempre: ¿de qué me disfrazo? Para algunos la respuesta lleva meses tomada. Para otros, la pregunta aparece tarde, casi por sorpresa, cuando la fiesta ya está ahí y la opción de quedarse en casa empieza a pesar más que la pereza. No todo el mundo vive el Carnaval como un proyecto largo ni como una competición estética. Y no pasa nada.

Hay quien disfruta el Carnaval desde la improvisación. Personas que no tenían pensado salir, que no siguen tendencias, que no buscan aplausos ni fotos. Gente que simplemente decide, en un momento concreto, no quedarse fuera. Ahí nace el disfraz imperfecto. No el mejor, no el más trabajado, no el más aplaudido. El que encaja con ese instante.
Un mono de trabajo, un sombrero de paja y una máscara encontrada en un cajón. Una falda antigua, una gabardina heredada, un sombrero que no combina con nada. Un camisón viejo, algo de maquillaje y una idea tan simple como suficiente. No hay guion previo. Hay decisión.
No todo el Carnaval se prepara con meses
En muchos lugares, el Carnaval no es una fiesta más. Hay grupos, peñas y personas que dedican semanas, meses o incluso todo el año a preparar su disfraz. Eso merece respeto. Es trabajo, dedicación y pasión. Pero el Carnaval no se agota ahí. También existe otro plano, más silencioso y menos visible, donde la gente participa sin planificación, sin ensayo y sin expectativas.
El disfraz imperfecto no compite con nadie. No intenta destacar. No busca premio ni reconocimiento. Es una respuesta sencilla a una pregunta concreta: “¿salgo o no salgo?”. Y cuando la respuesta es salir, lo que hay a mano se convierte en identidad por una noche.
No es desinterés, es otra forma de vivir la fiesta. Más intuitiva, más ligera. A veces incluso más honesta. Porque ese disfraz dice mucho del momento personal de quien lo lleva: del trabajo, del cansancio, de las ganas de reírse un rato, de la necesidad de romper la rutina aunque sea de forma torpe.
El disfraz imperfecto no sigue modas porque no las necesita. No pretende representar nada más allá de sí mismo.
Vestirse sin pedir permiso
Hay algo liberador en no hacerlo “bien”. En no ajustarse a lo que se espera. En no cumplir con el ideal del Carnaval perfecto. El disfraz improvisado tiene ese punto de libertad: nadie ha invertido demasiado tiempo como para tomárselo demasiado en serio.
Ese gesto de levantarse del sofá, abrir el armario y decir “con esto me vale” es más significativo de lo que parece. Es una forma de decir que la fiesta no es solo para quien la prepara con antelación, sino también para quien decide sumarse sobre la marcha.
No hay ironía ni burla en ponerse la ropa de otro tiempo, una máscara exagerada o una combinación imposible. Hay juego. Y el Carnaval, al final, va de eso. De permitirse ser otra cosa durante unas horas, aunque esa otra cosa no esté del todo definida.
El disfraz imperfecto no busca esconder. A veces, incluso revela más que uno muy elaborado. Revela carácter, humor, cansancio, espontaneidad. Revela que no todo tiene que ser perfecto para ser válido.
El valor de no quedarse fuera
En Carnaval 2026 convivirán todos los tipos de disfraces. Los pensados al detalle y los nacidos en cinco minutos. Y no hace falta elegir bando. La fiesta es lo suficientemente amplia como para acogerlos a todos.
El disfraz imperfecto no es una tendencia ni quiere serlo. Es una actitud. La de quien decide participar a su manera. Sin pedir permiso, sin compararse, sin complejos.
Porque a veces, el mejor disfraz no es el más trabajado, sino el que permite salir de casa, cruzar la puerta y formar parte de algo. Aunque sea de forma improvisada. Aunque no combine. Aunque no sea perfecto.
Y eso, en el fondo, también es Carnaval.
