Las fotos forman parte de la vida cotidiana en Carreño. Están en móviles, ordenadores, discos externos o redes sociales, y también en cajas, cajones y álbumes familiares. Son recuerdos personales, escenas normales, momentos sin importancia aparente que con el tiempo se vuelven valiosos. Por eso merece la pena pararse a pensar cómo se guardan y cómo se cuidan, sin obsesionarse y sin complicarse más de la cuenta.

Ningún formato es eterno
Ningún formato es eterno. Un teléfono se puede perder, una red social puede desaparecer o cambiar sus condiciones, un disco duro puede fallar y una memoria USB acabar olvidada en un cajón. Tampoco el papel es infalible: las fotos se decoloran, se estropean o se extravían. La clave no está en buscar el soporte perfecto, porque no existe, sino en repartir los recuerdos en varios lugares y formatos, con sentido común.
Tener copias no significa vivir pendiente de ellas. Basta con no concentrarlo todo en un único sitio. Un archivo digital guardado en más de un lugar, algunas fotos impresas, un álbum familiar o un pequeño libro pueden convivir sin problema. No es una cuestión técnica, sino de cuidado básico.
Digitalizar como proceso personal
Digitalizar fotos antiguas no tiene por qué ser una obligación ni una tarea pesada. Puede ser, simplemente, un proceso personal. Revisar imágenes, ordenarlas, recordar quién aparece o dónde se hicieron forma parte del valor del proceso. Para algunas personas será una actividad tranquila, casi artesanal; para otras, algo que hacer poco a poco, sin prisa.
Del archivo digital al papel
También existe el camino inverso: pasar de lo digital al papel. Imprimir fotos, crear un álbum o incluso un pequeño libro familiar es una forma de dar cuerpo a los recuerdos. No hace falta saber maquetar ni seguir normas. Hoy existen herramientas sencillas que permiten hacerlo de manera accesible, sin convertirlo en un proyecto complicado.
Crear fotos propias y respetar el trabajo ajeno
En este punto aparece una idea importante: no todo tiene que salir de internet. Las fotos ajenas tienen autor, aunque estén en la red. Si se quiere una colección personal, lo más lógico es crearla. Salir a pasear por Candás, por el concejo, por los lugares de siempre, mirar con calma y hacer fotos propias. No para publicarlas ni competir con nadie, sino para guardar una memoria propia, reconocible y honesta.
El valor de un álbum o un libro familiar
Un libro de fotos, un álbum o una carpeta bien cuidada no son un capricho. Son un objeto que se puede tocar, compartir y volver a abrir con los años. Su valor no está en el precio, sino en lo que contienen. En un mundo donde casi todo es inmediato y reemplazable, conservar recuerdos de forma consciente es una forma sencilla de cuidar la memoria personal. familiar y colectiva.
