Las minas antipersonales siguen causando víctimas en numerosos países, un problema persistente que mantiene un impacto letal desde hace décadas.

La ONU aporta esos datos con motivo del Día Internacional de información sobre el peligro de las minas y de asistencia para las actividades relativas a las minas, que se celebra este sábado con el lema ‘Invertir en la paz, invertir en la acción contra las minas’ con el fin de destacar que resulta de vital importancia que los terrenos sean desminados y las comunidades puedan vivir tranquilas sin el temor que infunden esas armas indiscriminadas.
«De media, una persona muere o resulta herida por un artefacto explosivo de este tipo cada hora. Entre las víctimas hay muchos niños. El uso de artefactos explosivos improvisados se ha extendido, aterrorizando a la población civil y amenazando a los agentes humanitarios y las misiones y el personal de las Naciones Unidas», añade la ONU.
No obstante, Naciones Unidas subraya que se han destruido más de 55 millones de minas antipersonales almacenadas entre 1999 y 2022. Crear un artefacto de ese tipo puede costar un dólar, mientras que el coste de eliminarla del terreno puede multiplicarse por 1.000.
«La acción contra las minas salva vidas, proporciona seguridad, restaura la dignidad, libera tierras para su uso productivo y crea las condiciones para la estabilidad a largo plazo. Transforma terrenos peligrosos en espacios seguros y productivos. Permite el acceso humanitario, facilita el desarrollo, apoya los esfuerzos de estabilización y sienta las bases para una paz duradera», indica la ONU.
«AMENAZA»
El secretario general de la ONU, António Guterres, apunta que «las minas terrestres, los restos explosivos de guerra y los artefactos explosivos improvisados causan terribles estragos entre la población civil, especialmente entre los niños», y que «esos peligros se agravan a medida que se multiplican los conflictos y se dispara el gasto militar».
En su mensaje con motivo de este Día Internacional, recogido por Servimedia, Guterres subraya que «esas armas no desaparecen cuando cesan los combates, sino que yacen ocultas en los campos de Colombia, de Etiopía, del Líbano y de Myanmar, entre los escombros de Gaza, y en comunidades de toda Siria».
«Cada año matan a miles de personas y hieren a muchas otras, a menudo mucho tiempo después de que el conflicto haya terminado», indica, al tiempo que recalca que «las actividades relativas a las minas desempeñan un papel indispensable en lugares donde la paz es frágil, la respuesta humanitaria es urgente y el desarrollo es precario».
Por ello, llama a todos los países que aún no lo hayan hecho a que ratifiquen y apliquen plenamente la Convención sobre la Prohibición de las Minas Antipersonales, e insta a «reincorporarse» a los que se han retirado de ese tratado internacional con el fin de no agravar la situación de «los 100 millones de inocentes cuyas vidas ya están en peligro».
«Debemos erradicar la amenaza que representan esas armas, para que todas las personas, dondequiera que sea, puedan vivir con seguridad y esperanza», concluye.
