Cada inicio de año trae consigo una oleada de propósitos. Perder peso, hacer más ejercicio, aprender un idioma, leer más, ahorrar dinero, cambiar de trabajo, mejorar las relaciones personales… Las listas son infinitas y las intenciones, genuinas. Sin embargo, estadísticamente, la mayoría de estos propósitos no sobreviven más allá de febrero. No porque las personas sean débiles o inconstantes, sino porque muchas veces se plantean de forma poco realista, sin considerar las circunstancias personales, los recursos disponibles o la capacidad real de cambio.

La trampa de los propósitos
Los propósitos de año nuevo suelen ser ambiciosos y absolutos. «Voy a ir al gimnasio todos los días», «Este año no voy a comer dulces», «Voy a ahorrar la mitad de mi sueldo». Estos planteamientos parten de una mentalidad de todo o nada que raramente funciona en la práctica. La vida no es lineal, y las circunstancias cambian constantemente. Un propósito demasiado rígido se rompe a la primera dificultad, y cuando eso ocurre, muchas personas se sienten fracasadas y abandonan por completo.
Además, existe una presión social alrededor de los propósitos de año nuevo. Las redes sociales se llenan de mensajes motivacionales, imágenes de transformaciones físicas, testimonios de éxito y recordatorios constantes de que «este es tu año». Esta presión puede generar ansiedad y culpa cuando las cosas no salen según lo planeado.
Cambiar desde la realidad
Si hay algo que se quiere cambiar o mejorar en 2026, el primer paso no es escribir una lista de propósitos grandilocuentes, sino ser honesto con uno mismo. ¿Qué es realmente importante? ¿Qué cambio mejoraría genuinamente la calidad de vida? ¿Qué es realista dado el tiempo, la energía y los recursos disponibles?
Los cambios sostenibles son pequeños y progresivos. En lugar de prometer ir al gimnasio todos los días, quizá sea más realista comprometerse a salir a caminar tres veces por semana. En lugar de prohibirse todos los dulces, quizá sea más factible reducir su consumo gradualmente. En lugar de intentar leer cincuenta libros al año, empezar por uno al mes puede ser más alcanzable.
Lo importante no es la magnitud del cambio, sino la constancia. Un pequeño hábito mantenido en el tiempo tiene más impacto que un esfuerzo titánico que se abandona en dos semanas. Y sobre todo, los cambios deben hacerse por uno mismo, no por cumplir expectativas externas o por demostrar algo a los demás.
Sin culpa ni extremos
Si alguien dijo en enero que iba a hacer más deporte y en marzo no ha empezado, no pasa nada. La vida no se acaba porque no se cumplió un propósito. Siempre se puede retomar, ajustar, replantear. El año no se arruina en enero. Cada día es una nueva oportunidad para tomar decisiones que mejoren el bienestar personal.
Tampoco hace falta esperar a enero para cambiar algo. Si en julio alguien decide empezar a cuidarse más, ese momento es tan válido como el primero de enero. Los cambios no necesitan de fechas simbólicas ni de grandes declaraciones públicas. Simplemente necesitan voluntad, paciencia y autocompasión.
El buenismo extremo que invade las redes en enero, con mensajes del tipo «tú puedes con todo» o «este será tu mejor año», tampoco ayuda. A veces no se puede con todo. A veces el año será complicado por razones ajenas a la voluntad. Y está bien. La vida no es una carrera de superación constante. A veces simplemente se trata de sobrevivir, de mantener el equilibrio, de cuidarse lo mejor posible dentro de las circunstancias que toquen.
Pasar del propósito a la realidad significa soltar la culpa, ajustar las expectativas, celebrar los pequeños logros y entender que cambiar lleva tiempo. 2026 puede ser un buen año, pero no porque se cumplan todos los propósitos de una lista, sino porque se viva con honestidad, autocuidado y respeto hacia uno mismo.
