El dragado es una operación esencial para mantener activos los puertos, entre ellos el de Candás. Sin él, los sedimentos ganan terreno y las embarcaciones pierden acceso a sus amarres y a la mar.

Hay procesos que no se ven pero que sostienen lo que sí se ve. El pescador que sale de madrugada, la embarcación que entra cargada después de una jornada en el Cantábrico, el puerto que funciona con la naturalidad de lo cotidiano. Todo eso depende, entre otras cosas, de que el fondo marino bajo esas aguas tenga la profundidad necesaria para permitir el tránsito. Y mantener esa profundidad no ocurre solo. Los puertos acumulan sedimentos de forma constante: arena, limo, materia orgánica y residuos que el mar arrastra y deposita sin pausa. Si nadie interviene, el fondo sube, el calado disminuye y las embarcaciones dejan de poder maniobrar con seguridad. El dragado es la respuesta técnica a ese proceso natural. Una operación que no genera titulares pero que resulta tan necesaria para un puerto como el mantenimiento de sus muelles o la conservación de sus instalaciones. En la costa asturiana, con puertos de actividad pesquera intensa y una dinámica sedimentaria marcada por el Cantábrico, su importancia es todavía más evidente.
Qué ocurre antes de dragar
Un dragado no empieza con la maquinaria en el agua. Empieza mucho antes, con una fase de estudio que determina si la operación es necesaria, cómo debe realizarse y qué precauciones hay que tomar. Las batimetrías —mediciones detalladas de la profundidad del fondo— permiten identificar las zonas críticas y calcular el volumen de material acumulado. A eso se suman análisis del sedimento para conocer su composición y detectar posibles contaminantes que condicionen la gestión posterior del material extraído.
En puertos con actividad industrial o histórica, los sedimentos pueden contener metales pesados, hidrocarburos u otras sustancias que requieren un tratamiento específico. Ignorar esa fase previa no solo compromete el resultado de la operación: puede convertir una actuación de mantenimiento en un problema ambiental de mayor calado.
Cómo se realiza el dragado
La técnica varía según las características del puerto y el tipo de sedimento. Las dragas de succión aspiran el material del fondo como si se tratara de una aspiradora de gran escala, transportándolo a través de tuberías hasta un punto de vertido o almacenamiento. Las dragas de cuchara o cangilones trabajan de forma mecánica, extrayendo el sedimento por bloques y cargándolo en barcazas auxiliares. En espacios reducidos o con sedimentos compactados, se recurre a equipos más específicos que combinan corte y extracción.
El material dragado no desaparece. Dependiendo de su estado, puede verterse en zonas autorizadas del mar abierto, utilizarse en regeneración de playas o gestionarse como residuo si su nivel de contaminación lo exige. Esa decisión no es arbitraria: está regulada y respaldada por los análisis previos.
La época del año en la costa asturiana
El Cantábrico no es un mar que invite a operar en cualquier momento. Los temporales de otoño e invierno generan condiciones que dificultan o impiden los trabajos de dragado, tanto por el estado de la mar como por la interferencia con la actividad portuaria en sus momentos de mayor exigencia. La primavera y el verano, con mares más calmados y ventanas de buen tiempo más amplias, ofrecen las condiciones más favorables para planificar estas operaciones en los puertos asturianos.
Hay además una consideración biológica. Ciertas épocas del año coinciden con periodos de reproducción o cría de especies presentes en el fondo marino. Planificar el dragado fuera de esas ventanas sensibles es una práctica que reduce el impacto sobre la fauna y la flora del entorno, y que forma parte de los estudios previos que toda operación de este tipo debe contemplar.
Impacto en el entorno marino
Sería inexacto presentar el dragado como una operación inocua. La remoción del fondo altera temporalmente el ecosistema bentónico, es decir, el conjunto de organismos que viven en el lecho marino o sobre él. La turbidez del agua aumenta durante los trabajos, lo que afecta a la fotosíntesis de las algas y puede perturbar a especies de peces y crustáceos en las inmediaciones.
Sin embargo, ese impacto es temporal y localizado. Una vez concluida la operación, el ecosistema tiende a recuperarse. Y ese impacto puntual se contrapone a los efectos de no actuar: un puerto que pierde calado no solo compromete la actividad económica, sino que puede generar condiciones de estancamiento que deterioran la calidad del agua de forma mucho más persistente.
Lo que está en juego para los pescadores
Para quien vive del mar, el calado de su puerto no es un tecnicismo. Es la diferencia entre poder salir a faenar o tener la embarcación varada en un amarre que ya no tiene fondo suficiente. En Asturias, con una flota pesquera distribuida a lo largo de toda su costa, el mantenimiento del fondo marino es una cuestión directamente ligada a la viabilidad de una actividad que sostiene economías locales y preserva una forma de vida con siglos de historia.
El dragado no es una intervención agresiva sobre el mar. Es, en gran medida, lo que permite que el mar y quienes trabajan en él sigan entendiéndose.
